Oveja Negra

EL PERONISMO Y LA MOVILIZACIÓN POPULAR


19 de mayo de 2019

Oveja Negra

Reflexiones de Amado Boudou, desde su injusta prisión a la que lo empujó la revancha oligárquica.

Por Amado Boudou y Pablo Fontdevilla

 

“La Libertad y la Igualdad, distintivas de la democracia, son impuestas por la rebelión de los excluidos, 
para ser reconstruidas por los mismos ciudadanos, en un proceso que no tiene fin”

Etienne Balibar

Es muy cierto que el triunfo electoral “ajustado” de la presidencial de 2015 fue consolidado por el abrumador respaldo que el nuevo gobierno recibió de los grupos económicos poderosos, del sistema financiero, del gobierno de los EEUU, de un sector relevante de la justicia como es Comodoro Py y del sistema mediático, todos ellos comprometidos en generar las bases que permitieran resistir todo intento de regreso del populismo.

Semejante bloque hegemónico no tiene antecedentes, salvo el que se constituyera en los años 50 del siglo pasado para enfrentar a Perón en el poder, derrocarlo mediante la fractura del ejército y la movilización de vastos sectores de clase media y recluirlo en el exilio por 18 años. En aquel entonces sedujeron y sumaron a la Iglesia católica, que por estos tiempos ha permanecido fiel a su mejor tradición popular, gracias a Francisco.

Pero el mencionado bloque empezó a mostrar grietas en su desempeño apenas emergieron en el tejido social y productivo los daños ocasionados por la brutal implementación de políticas depredadoras del salario y de las condiciones de vida de los sectores populares, incluidos aquellos que, seducidos por la promesa que se iban a mantener las conquistas pero a desalojar a “los ladrones”, huyen ahora despavoridos de ese engendro fantasmal en que se ha transformado Cambiemos.

Así, y con la notoria ausencia de la CGT, a la que el gobierno de Cambiemos disciplinó racionando la entrega de fondos de las Obras Sociales congelados en el gobierno anterior, pero con el acompañamiento de los gremios leales a la doctrina justicialista que reagruparon a lo mejor de las conducciones sindicales combativas fue creciendo la protesta social y la movilización de distintos colectivos dañados por las políticas oficiales. Es por ello que nos permitimos afirmar que si pudiera reconocerse una herencia imperecedera del peronismo, esa es la cultura política que Perón consolidó con el ejercicio sistemático de la movilización popular.

Así las cosas, y en el contexto de la política neoliberal de ajustar salarios y jubilaciones y transferir recursos a las empresas y grupos financieros, parecía que al gobierno le alcanzaba con su ejército de trolls para mantener maniatado al pueblo argentino. Y entonces aparece un factor desequilibrante del escenario político como la creciente protesta social y la movilización de distintos colectivos dañados por las políticas oficiales, junto a los gremios leales a la doctrina justicialista que reagruparon a lo mejor de las conducciones sindicales combativas.

Es por ello que nos permitimos afirmar que si pudiera reconocerse una herencia imperecedera del peronismo, esa es la cultura política que Perón consolidó con el ejercicio sistemático de la movilización popular.

Tal vez nada más alejado de la realidad para describir el espíritu del movimiento nacional, que la recomendación, alguna vez señalada por Perón, cuando instaba a los peronistas a ir “de la casa al trabajo y del trabajo a la casa”. Eso fue un modo de evitar las provocaciones y ser respetuosos de las conducciones, pero no de abandonar la calle.

Por el contrario, los convocaba sistemáticamente. Y sobre todo cada vez que el gobierno era acosado por una oposición cerril y contumaz que enarbolaba la bandera de la democracia contra el movimiento más democrático en cuanto a representación y de mayor respeto a la voluntad popular mayoritaria que reconocía la historia nacional1.

Sólo así puede entenderse la potencia que tuvo la Resistencia Peronista, después de la contrarrevolución libertadora y luego, el triunfo espectacular del voto en blanco en 1964 y otros fenómenos sociales que cambiaron la historia patria como el Cordobazo y las movilizaciones multitudinarias que acompañaron el regreso de Perón en 1972.

Se dijo y se dice tantas veces que el obstáculo esencial que tiene el neoliberalismo en este país, para bajar drásticamente la participación de los asalariados en la distribución de la renta, es que “por aquí pasó el peronismo”.

¿Será cierto que ese fenómeno histórico, social y cultural fue inexistente en muchos otros países de la América Latina? ¿Será cierto que por eso hay pueblos que parecen aceptar, con mansedumbre, los bajos salarios, la injusticia social institucionalizada?

¿Será cierto que en Chile no pasó Perón como sí pasó Chávez por Venezuela, donde la movilización popular ha sostenido por 20 años una revolución igualadora y justiciera? ¿Fue acaso Chávez, para orgullo de los argentinos, uno de los mejores discípulos de Perón?

Lo cierto es que el factor desequilibrante de la movilización social no puede ser un recurso exclusivo de la oposición democrática cuando el gobierno es asaltado por la carroña reaccionaria. La movilización popular debe ser una herramienta esencial del ejercicio democrático del poder por el próximo gobierno popular de nuestro país. El pueblo en las calles es el diferencial que se debe esgrimir para contrarrestar el imponente despliegue de recursos, la capacidad de compra y de corrupción del poder económico y financiero, la intromisión descarada de otras potencias en la vida de la sociedad argentina y el uso despiadado de servicios de inteligencia que operan clandestinamente y responden a conocidas embajadas.

A este fin, debe darse especial importancia al análisis de su desenvolvimiento, al reconocimiento de sus postulados, así como a aprender de la capacidad de organización del movimiento feminista de Argentina, ejemplo a nivel mundial de batallas sucesivas por la igualdad de género a conquistar en el marco de una sociedad más justa y sin discriminaciones ni opresiones.

No son las únicas, aunque si las que han demostrado mayor claridad e inteligencia para plantear una lucha sin violencia y que, probablemente, resume buena parte de la experiencia de más de 40 años de lucha de la Madres de Plaza de Mayo.

Corresponde finalmente señalar lo más importante. Y es que un gobierno popular, si quiere ser transformador y evitar todo retroceso contrarrevolucionario para alcanzar la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria, tiene que escuchar pacientemente a quienes se movilizan críticamente en la búsqueda de una profundización de sus reivindicaciones. Debemos tener un diálogo abierto y comprensivo, explicar y justificar debidamente lo que se hace y porqué se hace. Y construir un entramado de organizaciones populares que resulten referencia obligada del debate de a dónde vamos.

Venga a cuento el concepto peronista de la Comunidad Organizada y el de unas organizaciones libres del pueblo activas y politizadas que generen conciencia en torno a la estrecha vinculación que hay entre las políticas públicas y los intereses que representa el gobierno de turno.

Que combata el individualismo reaccionario que trata de imponer la idea de que cada uno tiene la vida que “supo conquistar”, al margen del destino colectivo que sufrimos por nuestro origen social.

Que abandone la idea de que debe lucharse por la “igualdad de oportunidades” porque estas condiciones nunca podrán alcanzarse. Nunca habrá igualdad de oportunidades. Solo el Estado y las políticas públicas pueden compensar las desigualdades primigenias y generar un contexto de justicia social creciente, a caballo de la redistribución del ingreso.

La organización y movilización popular es, por ello, la más importante de las políticas públicas a implementar en la próxima etapa. De la que podrá beneficiarse también la futura oposición democrática.

Y me atrevo a decir que es la única política de Estado que merece ese nombre.

La movilización popular, legado histórico del peronismo, es el factor decisivo para frenar la voracidad neoliberal.

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